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Una pieza de ajedrez

Porque empezar a ir al jardín me enfrentó con el mundo

ajedrez

Hasta mi ingreso al jardín (empecé a los 4 años), fui una nena muy feliz. Apenas ingresé empecé a sentirme como una extraterrestre. Fuera de lugar. No entendía los códigos por los que los demás chicos parecían regirse. Incluso tenía la secreta sospecha de que ellos habían ido a una escuela antes que yo y por eso sabían qué hacer y cómo, con quién y cuándo.

Uno de los juegos favoritos de mis compañeros durante los recreos era jugar a la mancha. A mí me ponía realmente nerviosa ese juego, debido a que no terminaba de comprender que si te tocaban en realidad no pasaba nada.

Por lo tanto, y aprovechando que el piso del patio estaba hecho de baldosas blancas y negras, puestas a modo de damero, pasé todos los recreos del jardín jugando a que era una pieza de ajedrez; practicando movimientos de torre, de alfil, etc. Me fascinaba el movimiento del caballo porque requería de toda mi destreza física el poder hacerlo.

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